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Actualidad: Reseña sobre película
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Reseña sobre la película “Finch” (2021) de Miguel Sapochnik

Rodolfo Gordillo Rodríguez

Universidad a Distancia de Madrid - UDIMA, España


Páginas Artículo e6

DOI https://doi.org/10.5093/cc2022a6

PDF 1989_9912_cc_13_1_e6.pdf

Contenido

FICHA TÉCNICA

  • Título Original: Finch
  • Dirección: Miguel Sapochnik
  • Guión: Craig Luck e Ivor Powell
  • Fotografía: Jo Willems
  • Música: Gustavo Santaolalla
  • Reparto: Tom Hanks, Marie Wagenman y Caleb Landry
  • País: Estados Unidos
  • Año: 2021
  • Género: Ciencia ficción / Drama

SINOPSIS

Cuarta directriz: En ausencia de Finch, el robot debe proteger el bienestar del perro. Esta directriz prevalece sobre las demás directrices (las famosas tres leyes de Asimov).

La película comienza con una misteriosa figura que apenas se divisa a lo lejos entre una nube de polvo. Se trata de nuestro protagonista que se nos va acercando, silbando y tatareando la canción “American pie”, hasta que justo, parado enfrente de nosotros, nos hace saber a través de su brazalete-computadora las condiciones del planeta (radiación ultravioleta muy alta y temperatura de 65º) y la suya (temperatura corporal es de 38.5º).

Esta es la primera imagen, angustiosa, que nos prepara para contarnos la historia de Finch, un ingeniero de robótica cuyo único deseo es que el ser que más ama en este mundo, su perro Goodyear, tenga a su lado, una vez muera por la radiación que acumula en su cuerpo, a alguien que siga cuidándole, protegiéndole y jugando con él. Es decir, alguien que esté presente para lo que necesite.

Esta proyección del subconsciente de Finch se nos hace explícita en la segunda conversación que tiene con Jeff, el robot autoconsciente al que acaba de dar vida.

Define ausencia --pregunta Finch.

Es no estar presente --responde Jeff.

Ya está, esa es la fórmula de la responsabilidad y que en función de cómo se exprese puede dar lugar hasta al amor y, por ende, al altruismo más puro. Esa es la misión de Finch, algo que parece imposible de enseñar a un robot, pero este robot de nombre Jeff y que él mismo elegirá a lo largo de su aventura es especial y ya, desde su nacimiento, muestra algo que debería ser muy humano, preocuparse por el otro.

¿Cuándo estarás tú ausente? -- pregunta Jeff, quien ha metido el dedo en la llaga (desde luego el director nos quiere dejar muy claro sobre qué esta historia va a girar sobre el dualismo ausencia-presencia).

Finch se queda pensativo y, como buena metáfora cinematográfica, antes de que contestara, la planta tecnológica a la que llama hogar se queda a oscuras, mientras oímos esa alarma de emergencia característica al ritmo de una luz roja.

Algo se acerca que removerá sus miedos. No será otra cosa que el amor por Jeff, aunque visualmente veamos que lo que se acerca es la tormenta más destructiva que pueda crear este planeta postapocalíptico.

A ritmo de Charleston nos embarcamos con Finch, Goodyear, Jeff y su otro robot y amigo Dewey en una furgoneta autocaravana equipada con todas las necesidades tecnológicas rumbo al Oeste, hacia las montañas, el lugar adecuado y más alejado de la gente, San Francisco, mientras vemos una foto a todo color de su famoso puente.

Ya es hora -- dice Finch.

Efectivamente, parece que es hora de vivir, pero también de morir, podemos imaginar cuando acompañamos a las gotas de sangre que, sin avisar y fruto de la radiación que se va extendiendo por su cuerpo, van cayendo al suelo desde su nariz.

Así da paso al segundo acto, el viaje, la aventura contrarreloj donde Finch tendrá que enseñar a Jeff el verdadero valor de la palabra presencia, mientras le ayuda a desarrollar una personalidad acorde, ya que Goodyear, de momento, no confía en Jeff.

La confianza es algo que tiene que ganarse y un perro es el mejor amigo del hombre, no del robot.

Apenas se ha puesto en marcha el grupo, Finch nos lleva a su pasado, recordando como a los lados de la carretera, antes había campos llenos de color y hasta abejas en verano.

Te habría encantado --le dice Finch a Goodyear, desde su deseo de hijo abandonado que vive perdido en un anhelo perpetuo de experiencias no compartidas.

Efectivamente, este viaje también es un viaje de redención y a medida que avanzan hacia a su destino, Finch tendrá la oportunidad de ser un padre para Jeff, quien, como todo niño muestra un apetito feroz por aprender, aunque temperamentalmente peca de falta de confianza, que demuestra con cierto exceso de inseguridad al pedir perdón cada vez que hace algo por lo que le rectifica Finch. Esa es la primera lección que aprende. No tiene que pedir perdón por todo. Aprender de los errores es lo que nos permite crecer. No coartar la curiosidad. Por ahí comienza a forjarse una personalidad. La siguiente, será primordial para lograr una identidad, o si no que se lo pregunten a Albert Bandura.

Me miras y me imitas --le dice Finch a Jeff.

Tras la primera misión peligrosa en busca de comida, todo parece haber ido bien, pero enseñar el milagro de las palomitas y experimentar en toda su dimensión con Jeff la conexión paterno-filial, activa de nuevo el trauma de Finch. Un tornado se acerca y deben huir a toda velocidad con su furgoneta, pero por más que uno avance no puede escapar de su pasado y, en un momento u otro tendremos que afrontarlo.

No queda más remedio. Hay que parar la furgoneta y anclarla lo más fuerte posible. Bonita lucha entre pasado y presente, que ganan nuestros protagonistas, gracias a que ese último anclaje, por el que se jugó la vida Jeff, ha aguantado. El vínculo entre Finch y Jeff ha vencido, pero ha dejado destrozada una rueda de la autocaravana.

Jeff utiliza una de las lecciones aprendidas y muestra iniciativa, gracias a la cual consiguen arreglar la rueda. Ha demostrado que ya no es un mero robot y se ha ganado el derecho a un nombre, pero qué nombre se merece alguien como Jeff, antes de saber que Jeff es el nombre que le define.

No es tarea fácil y más cuando este robot tiene pretensiones muy altas, tales como William Shakespeare o Napoleón Bonaparte, hasta que Finch le hace entender que tiene ser algo simple y que no sea de perro tras sugerir Rover como nombre. Desde luego, curiosa la definición de individualidad que nos transmiten, aunque tan cierto como la navaja de Ockham y pilar de la ciencia, que indica que el resultados más sencillo prevalece, tras lo cual, Jeff experimenta por primera vez ese enigmático momento Eureka y se da cuenta de que el nombre que le proporciona individualidad, aquel con el que se siente identificado es Jeff, y con un apretón de manos, Finch le da la bienvenida al mundo a Jeff.

De nuevo en ruta, ahora el reto se centra en la relación entre Jeff y Goodyear. Es cuestión de confianza, algo fácil de decir pero muy difícil de explicar. Tanto, que Jeff, a pesar de ser lo más inteligente jamás creado, no entiende la historia que le ha contado Finch, sobre cómo la confianza entre dos humanos se puede entender en relación al vínculo que se había creado gracias a que ambos desconfiaran de los demás.

La confianza es algo que se gana con cada acción, pero para ello hay que saber donde están los límites. En este mundo postapocalíptico, más allá de la sombra está la muerte. Es lo que le muestra Finch cuando el Sol toca su piel y comienza a freírse de inmediato, lo que aprovecha con ese dolor y sufrimiento para recordarle cuál era el motivo de su creación.

Que cuides de este perro. Sé que naciste ayer, pero madura --grita Finch.

La madurez implica responsabilidades y Finch no puede pedirle a Jeff algo, si no le da la oportunidad de probar si está preparado. Así que en otra escena paterno-filial, Finch le enseña a conducir. No le cuesta mucho y Finch le cede la responsabilidad de conducir. Jeff acaba de entrar, con mucho humor incluido, en la última adolescencia. Conducir significa tener la responsabilidad de las vidas de los que te acompañan. Se ha ganado la confianza de Finch, algo que Goodyear aprueba, por lo que ya está listo para conocer la verdad y nada mejor que hacerlo alrededor de un fuego, donde tantas historias se han contado.

En otro momento paterno-filial, Finch le da otra lección, esta vez sobre lo predecible y lo impredecible, valiéndose del miedo más ancestral del ser humano, la oscuridad y lo desconocido que se oculta siempre tras las sombras. Así, entendemos por qué viajan de día, a pesar de que por la noche se pueda estar al aire libre. El día les protege de la gente hambrienta, capaces de hacer todo el daño posible y en la que no se puede confiar.

No confíes en nadie --le dice como superviviente a Jeff.

Jeff se pone triste. Sabe que lo dice por él.

Finch reflexiona. Vuelve a serenar su voz para darle una de las lecciones psicológicamente más valiosa que se ha podido escuchar en el cine.

Comienza así.

Las emociones primarias te invadirán, cuando eso te suceda, cómo las gestiones, cómo reacciones, definirá lo que eres --dice Finch.

No puede haber definición más exacta de la diferencia entre el ser humano en quien puedes confiar y el que no.

Por desgracia, Jeff aun tiene que experimentar esas palabras y aprovechando que Finch está muy cansado y durmiendo, pone en marca esa iniciativa que tan buen resultado le ha dado para parar y, junto a Dewey, buscar comida en un lúgubre hospital.

Cuando Finch se da cuenta, apenas llega a tiempo para salvar a Jeff. Ya es muy tarde para Dewey que ha caído en un cepo. De nuevo, tienen que salir corriendo. Jeff ha aprendido qué es el sentido común y el significado de “algo que da mala espina”, pero las consecuencias no se han quedado ahí y son perseguidos por esos que se esconden entre las sombras, hasta que los despistan en una maniobra suicida que termina destrozando los paneles solares de la furgoneta tras esconderse debajo de un puente.

Por primera vez, el pesimismo se apodera de un Finch muy enfermo y cansado, y hace gala de algo muy humano, la crueldad y le llama máquina a Jeff. Curiosa lección esa que dice que incluso los seres que te quieren puede ser presa de esos instintos primarios para dañarte. Al fin y al cabo, todos somos humanos.

Jeff se toma su tiempo antes de subir a la furgoneta. Mira por la ventana de la puerta. Finch está acariciando a Goodyear, así que este parece un buen momento para hacerlo. Eso sí, se sienta a una distancia prudencial, pero su objetivo sigue tirando de él.

Crees que llegaremos al Golden Gate. Yo creo que sí. Quieres saber por qué, porque yo creo en ti --dice Jeff.

Acaba de completar su programación humana. Fe, esperanza y confianza.

Finch es conocedor de lo que acaba de pasar, pero tiene que contarle algo, la penúltima historia, sobre cómo encontró a Goodyear y por qué se considera un cobarde, alguien indigno en quien creer, pero si algo nos ha enseñado la existencia humana es que la fe no se puede explicar y Jeff no tiene respuesta a la pregunta de Finch tras conocer cómo se considera él realmente. Simplemente cree.

La transformación de Jeff ya no puede detenerse y solo falta la última lección. Se encuentran a 770 kilómetros de su destino y el milagro que hemos vivido con Jeff se hace explícito en la película.

De repente, una mariposa se estrella contra el parabrisas. Se detienen. Finch está atónito. Saca su mano despacito. El Sol es cálido. Baja de la furgoneta, también hay una flor. Eso quiere decir que la luz del día ya no es mortal, así que hay que celebrarlo como se merece. Finch se viste para la ocasión, para celebrar la vida y su muerte.

Esa es la última lección. Pasar los últimos momentos con tus seres queridos. Reír con ellos mientras juegan tirándole la pelota a Goodyear, pero Jeff tiene una última sorpresa. Anoche vio en su cabeza una imagen. Estaban los tres en el Golden Gate, como un cuadro sin acabar.

Tras ese maravilloso día y sabedor de la maravilla que ha creado, Finch deja este mundo y Jeff le prepara un funeral vikingo en honor al legado de su sangre.

Así, en este viaje entre la vida y la muerte, la alegría y la tristeza, la ira y la serenidad, el miedo y la confianza, hemos pasado de un planeta árido e inhóspito, a otro de color y esperanza, donde el amor de un humano por su perro, le llevó a construir un hijo robótico al que llenarle de humanidad para que entendiera el significado de la palabra presencia y se ganara el privilegio de que el perro quisiera cruzar junto a él por el puente de Oro.


Correspondencia

Para citar este artículo: Rodríguez, R. G. (2022). Reseña sobre la película “Finch” (2021) de Miguel Sapochnik. Clínica Contemporánea, 13(1), Artículo e6. https://doi.org/10.5093/cc2022a6