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Reseña sobre la película ‘La Furia’ (2025), de Gemma Blasco

Noelia Martín Iglesias

Práctica Privada, Madrid, España


Noelia Martín Iglesias es Psicóloga General Sanitaria (M-24718). Experta en trauma y psicosomática. Miembro del grupo de trabajo Psicoartaes, especializado en Psicología y Artes Audiovisuales y Escénicas.


Páginas Artículo e4

DOI https://doi.org/10.5093/cc2026a4

Contenido

FICHA TÉCNICA

Año producción: 2025

País: España

Duración: 107 minutos

Dirección: Gemma Blasco

Guión: Gemma Blasco, Eva Pauné

Reparto: Ángela Cervantes, Àlex Monner

Música: Joha Hamann

Fotografía: Neus Ollé

Distribuidora: Filmax

LA FURIA

Sinopsis

Alex es una actriz de 28 años que sufre una violación en la habitación de la casa de una amiga, durante una fiesta de finde año con sus amigos. En ese momento no reconoce al agresor. Decide contárselo a su hermano, quien no consigue acompañarla como hubiese necesitado, y trata de seguir adelante con su vida, canalizando su furia interna a través de la interpretación teatral.

La experiencia de ser violada

La película nos hace presenciar la experiencia de una mujer que sufre una violación de forma inesperada, mientras trata de divertirse en una fiesta con amigos. Son apenas unos segundos de escena, con la pantalla fundida en negro, donde no hace falta ver, pero donde se sabe y se escucha que se está produciendo una violación. A partir de ahí, observamos la crudeza de lo que le espera a esa mujer los minutos y semanas siguientes. Somos testigos del shock emocional, el dolor y suciedad físicas, el asco, la ansiedad, y el pánico cuando vuelve a ser tocada, y la creciente rabia que inunda el día a día de Alex. Porque una persona puede pasar en un abrir de ojos de tener una vida normal, a ser una persona gravemente traumatizada. El impacto de una agresión sexual puede dejar marcada a la víctima durante mucho tiempo. Hablamos de secuelas invisibles. La película nos muestra el intenso sufrimiento de Alex, que a veces presenta conductas que no se entienden, que parecen absurdas, desproporcionadas, incoherentes salvo que se tenga conocimiento de lo ocurrido. Podemos ver escenas donde la protagonista vive un infierno interior, mezcladas con escenas donde trata de divertirse con su familia, con sus amigos, y volver a ser una chica normal. Se debe a la fragmentación psíquica que un trauma tan brutal produce en la víctima. Quien no solo tiene que reorganizar e integrar su experiencia, sino que además necesitará redefinir su identidad. Porque ya no volverá a ser la misma.

El silencio, el tabú

La película nos muestra que un acto tan brutal como es una violación deriva en el silencio más absoluto de la víctima, y en demasiadas ocasiones, del entorno. Un silencio que sorprende, que indigna, que nos pone nerviosos, que no terminamos de entender. Una chica es violada, y a continuación sigue con su vida. El agresor sigue como tantas veces, oculto, exento de la posibilidad de asumir responsabilidades, de reparar. Ni siquiera conocemos la identidad del agresor, (hasta que Alex consigue cazarle). Porque en este caso, se oculta, ataca por la espalda y sale corriendo sin dejar pistas, sin dar la cara. Como si allí no hubiera pasado nada. Es ella, la que se queda sola, manchada, rota.

Lo aterrador es que esta escena puede producirse en cualquier lugar, en cualquier casa, en muchas ocasiones perpetrada por personas del entorno más cercano. La vergüenza de la víctima impide que tanto el acto como la identidad del agresor sean revelados.

La función de la furia

Alex es víctima de una desorganización interna en la que se alterna la hiperactivación emocional con entumecimiento y desconexión. Esto sucede a causa de la tormenta interna que se desdencadena tras una vivencia así, el dolor insoportable, y la dificultad de manejarlo internamente.

La ira aquí podría ser una respuesta a la impotencia, al silenciamiento y a la pérdida de control. También un mecanismo de defensa que alivia o distrae del dolor por el daño. Y la reacción de nuestra naturaleza animal, que activa el mecanismo de lucha, y así sentirnos y mostrarnos menos frágiles y vulnerables.

Su furia es su manera de sobrevivir.

El arte como canal de expresión

Alex encuentra como vía la interpretación teatral más descarnada, eligiendo un personaje, Medea, que le permite mostrar su ira, su indignación, su desesperación a través de los códigos de la interpretación. Alex interpreta el personaje que necesita ser, para transgredir los límites de lo correcto, y poder vengarse. Porque ser víctima no implica necesariamente mostrarse débil y vulnerable.

Mención especial merecen las escenas del casting y del ensayo, que nos muestran que ser intérprete implica trabajar con una intensidad emocional y unos niveles de exigencia que suponen un esfuerzo que puede repercutir en la salud emocional de estos profesionales. Estar transitando una situación de estrés postraumático y tener que realizar un trabajo interpretativo que conecta directamente con emociones difíciles, supone una carga y un riesgo que salvo que cuente con ayuda terapéutica, ell artista debe gestionar con sus propios recursos.

La reacción del entorno ante una violación

Alex no puede más con su silencio y consigue confesarlo a la persona con la que más confianza siente, su hermano.

Los psicólogos sabemos lo difícil que es escuchar y sostener un relato de una agresión sexual. La víctima siente una vergüenza intensa, que bloquea. Una revelación así debería abrir las puertas a la curación del trauma, y permitir que la persona se sienta acompañada en su dolor, pueda expresar lo que sienta, pueda organizar su experiencia.

La película tiene el acierto de mostrarnos, desde lo que ya hemos visto de la vivencia de Alex, que aún nos falta mucho como sociedad estar a la altura de lo que la víctima necesita. Su hermano podría ser cualquier persona del entorno de cualquier víctima.

En primer lugar, interroga torpemente, a continuación culpabiliza y regaña, trata de justificar la agresión, “es que ibas muy pasada”. En este caso busca, saber quién ha sido el agresor, poder identificarle para después vengarse brutalmente generando una nueva agresión, un nuevo trauma en su hermana que se convierte en testigo en contra de su voluntad.

Y no es que el hermano sea mala persona. Quiere mucho a su hermana, pero le sucede lo que a muchos, que no saben abordar un trauma así. Este hermano, llega a tal nivel de obsesión y de desregulación emocional que cegado por su propia rabia deja de ver a su hermana, de empatizar y acompañar como ella necesitaría, a ratos conectando en situaciones familiares y de diversión, pero condenándola a una mayor soledad.

Conclusión

Gemma Blasco, la directora, ha manifestado que era necesaria una película que mostrase las implicaciones de una agresión sexual desde un prisma diferente, abordando la crudeza de las secuelas del trauma y presentándonos un modelo de víctima que muestra y descarga su rabia, que consigue mirar a los ojos del violador con furia.

La película lo consigue, gracias a la impresionante interpretación de Ángela Cervantes, presente en toda la película, sosteniendo la tormenta emocional de Alex. Nos ofrece escenas incómodas, intensas, descarnadas, viscerales, que dejan al espectador con el estómago revuelto. Es necesario que sea así, para hacernos cargo de lo que supone haber vivido la experiencia de una violación, poder comprender el impacto en la víctima y la reacción del entorno.

Noelia Martín Iglesias es Psicóloga General Sanitaria (M-24718). Experta en trauma y psicosomática. Miembro del grupo de trabajo Psicoartaes, especializado en Psicología y Artes Audiovisuales y Escénicas.


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Correspondencia

Para citar este artículo: Iglesias, N. M. (2026). Reseña sobre la película ‘La Furia’ (2025), de Gemma Blasco. Clínica Contemporánea, 17(1), Artículo e4. https://doi.org/10.5093/cc2026a4