Número 3 Vol. 12 2021


Perspectivas teóricas
Theoretical Perspectives
¿Cuidado Materno, Responsividad o Sensibilidad? Una Revisión del Constructo de Ainsworth hasta hoy

Maternal Care, Responsiveness or Sensitivity? A Review of Ainsworth?s Construct to Date

Amaia Halty y Ana Berástegui

Instituto Universitario de la Familia, Universidad Pontificia Comillas, Madrid, España.

Recibido a 22 de Marzo de 2021, Aceptado a 19 de Octubre de 2021

Resumen

La calidad de la respuesta parental es la variable que más se ha estudiado en relación con el vínculo de apego del niño. Este artículo presenta un análisis actualizado de la evolución del constructo planteado por Mary Ainsworth desde su origen, así como una descripción de las ambigüedades y confusiones más habituales en su uso en la literatura científica. En primer lugar, se ofrece un análisis de las dimensiones originales planteadas por Ainsworth en sus escalas de Cuidado Materno. En segundo lugar, se analizan los problemas terminológicos y conceptuales que se han asociado al desarrollo de este constructo. En tercer lugar, se ofrece una revisión que amplía y actualiza los componentes del cuidado materno, incluyendo los componentes que la investigación más reciente ha destacado como significativos para la formación del vínculo de apego. Como conclusión, se ofrece una propuesta actualizada del constructo bajo el término calidad de la responsividad parental.

Abstract

The quality of parental response is the most-studied variable in terms of a child´s attachment. This paper presents an d analysis of the evolution of Ainsworth´s construct since its origin (1969), as well as a deion of the most common ambiguities and misinterpretations in its use in the scientific literature. First, this paper offers an analysis of the original dimensions proposed by Ainsworth in her Maternal Care scales. Second, the study s the terminological and conceptual problems that have been associated with the development of this construct. Third, the paper reviews the components highlighted in the most recent research as significant for the formation of the attachment, while expanding and updating the components on maternal care. In conclusion, the paper provides an d proposal of the construct under the term quality of parental responsiveness.


Palabras clave

responsividad, sensibilidad, cuidado materno, escalas de Ainsworth, comportamiento parental

Keywords

responsiveness, sensitivity, maternal care, Ainsworth´s scales, parental behavior


Páginas Artículo e21

DOI https://doi.org/10.5093/cc2021a20

PDF cc2021v12n3a17.pdf

EPUB 1989_9912_cc_12_3_e21epub.epub

Contenido

Uno de los grandes objetivos de la investigación en el campo de la teoría del apego ha sido determinar los componentes que influyen en la calidad del vínculo que establece el niño con su figura o figuras de referencia. La variable que más se ha estudiado y cuya importancia recibe un acuerdo científico general, es la calidad de la respuesta parental (Atkinson et al., 2005; Behrens et al., 2012; Bornstein et al., 2007; Chaimongkol y Flick, 2006; De Wolff y Van Ijzendoorn, 1997; Jin et al., 2012; Lohaus et al., 2004; Meins et al., 2001; Mills-Koonce et al., 2008; Nóblega et al., 2016; Stevenson-Hinde et al., 2013; Van Ijzendoorn, 1995). Sin embargo, no hay un acuerdo científico tan claro acerca de los componentes y la terminología más adecuada para referirse a esta respuesta de calidad. Estas diferencias, además, son trasladadas a la evaluación, a la investigación e incluso a la intervención. Por ello resulta imprescindible clarificar y actualizar este constructo, ofreciendo con ello una guía para su adecuada utilización.

Los componentes del cuidado materno según Ainsworth 1969

Ainsworth (1969), fue de las primeras autoras que se interesó por los aspectos que componían la respuesta parental frente a las necesidades de los hijos. Ella consideraba que las conductas de apego del niño no dependen, directamente, de la proximidad o lejanía del cuidador, sino de las expectativas que el niño tiene sobre cómo va a responder el cuidador. Estas expectativas se conforman en torno al año de vida en función de las experiencias previas de interacción con esa figura (Ainsworth et al., 1978/2015). De sus primeros trabajos observacionales de díadas cuidador-bebé, extrajo los componentes fundamentales que, a su juicio, influían y caracterizaban la relación con el hijo, conformando su patrón de apego. De esta manera, fue la primera persona que describió extensa y detalladamente los elementos que componían la respuesta parental frente a las demandas del niño.

Ainsworth (1969) creo las Escalas de Cuidado Materno para describir los cuatro componentes centrales del cuidado. Estas cuatro escalas observacionales son dimensiones que se sitúan en un continuo entre dos polos: la sensibilidad a las señales del bebé frente a la insensibilidad, la cooperación frente a la interferencia, la disponibilidad física y psicológica frente a la ignorancia y el descuido, y la aceptación de las necesidades del bebé frente al rechazo (Ainsworth, 1969).

Aunque la autora original las denominó Escalas de Cuidado Materno [Maternal Care Scales], terminología que mantienen algunos autores (Mesman, 2013), en muchas ocasiones se han denominado “Escalas de Sensibilidad Materna” [Maternal Sensitivity Scales] (Matos et al., 2014; Mileva-Seitz et al., 2011; Mileva-Seitz et al., 2012; Mileva-Seitz et al., 2013; Pearson et al., 2012). Por otro lado, aunque desde su descripción inicial, Ainsworth (1967), ya afirmaba que los niños utilizan a sus padres como figuras de apego, eligió denominar y describir esta constelación de comportamientos como maternales, cuestión que ha sido posteriormente revisada y superada (Bretherton, 2010).

A continuación, se describen y analizan las cuatro dimensiones desarrolladas por Ainsworth (1969):

Sensibilidad a las señales del bebé frente a insensibilidad

Se define como “la capacidad de la madre para percibir e interpretar con precisión las señales y los mensajes implícitos en el comportamiento de su bebé y, dada esta comprensión, responder a ellas apropiadamente y con prontitud” (p. 1). De esta definición, se desglosan cuatro aspectos:

  • Darse cuenta de las señales: La característica de darse cuenta, según Ainsworth (1969), depende de dos elementos: la accesibilidad del cuidador, y el umbral perceptivo. Ainsworth afirma que “la madre debe estar razonablemente accesible a las comunicaciones del bebé como condición para que pueda ser sensible a ellas [las necesidades]”. Así, la madre más sensible es la que tiene el umbral perceptivo más bajo, es decir, “está alerta a las señales más sutiles, mínimas y subestimadas del bebé” (p. 2). Por el contrario, las madres con umbrales más altos “parecen percibir sólo las comunicaciones más flagrantes y obvias” (p. 2).
  • Interpretar las señales adecuadamente. Este componente se subdivide, según Ainsworth (1969), en tres aspectos: reconocimiento, ajuste y empatía. El reconocimiento tiene que ver con darse cuenta de la señal, es decir, captarla. El ajuste es el grado de distorsión, es decir, la medida en que la madre interpreta adecuada o distorsionadamente la intención de esa señal; y la empatía se define como la capacidad de la madre para ponerse en el lugar del bebé y desde ahí entender su necesidad. Puede observarse que, dentro de la explicación de este subfactor, se encuentran elementos que ya son un subfactor en sí. Es decir, “darse cuenta de la señal” es un subfactor de la sensibilidad, y a su vez, un aspecto que se encuentra dentro del subfactor de “interpretar la señal adecuadamente”.
  • Responder adecuadamente a la señal. En la descripción de este aspecto, pueden apreciarse tres elementos; la idoneidad, la intensidad/adecuación de la respuesta, y la completitud. Ainsworth (1969), además de describir que una respuesta es adecuada en términos de idoneidad, explica que una madre responde adecuadamente a la interacción con su hijo cuando no lo estimula excesivamente, de forma demasiado intensa o excesivamente prolongada en el tiempo. Dicho de otro modo, “una madre que responde adecuadamente sabe evaluar con precisión los signos de exceso de excitación, tensión indebida o angustia incipiente” (Ainsworth, 1969, p. 3). Una interacción apropiada del cuidador puede observarse en la saciedad del niño frente a la necesidad manifestada. Además, Ainsworth (1969) especifica que “los cuidadores sensibles, resuelven de forma completa la necesidad, mientras que, los cuidadores con baja sensibilidad suelen ofrecer respuestas fragmentadas o incompletas” (p. 3). Es decir, los cuidadores sensibles tenderían a satisfacer la necesidad del bebé, mientras que los cuidadores poco sensibles dejarían la necesidad parcialmente insatisfecha.
  • Responder pronto a la señal. Por último, la rapidez de la respuesta se considera fundamental para ofrecer al niño la sensación de contingencia frente a la demanda. Este hecho es importante porque le aporta al bebé un sentimiento de eficacia y de control sobre el entorno.

Cooperación frente a interferencia

Contempla la medida en que las intervenciones del cuidador interfieren, interrumpen y/o cortan la actividad del bebé, o, por el contrario, respetan los tiempos y el estado del bebé, así como sus intereses en ese momento. Ainsworth (1969) describe que la interferencia puede ser tanto física como verbal. La interferencia física se refleja en conductas como invadir el espacio físico del bebé, manejar los elementos con los que está interactuando sin que él lo haya solicitado, moverle y colocarle físicamente donde el cuidador quiere, etc. La interferencia verbal consiste en insistir al niño verbalmente para que realice movimientos o acciones que son del interés de la madre y que el niño emite en respuesta a los deseos de la madre, y no a los suyos. Para evaluar la intensidad de la interferencia, Ainsworth (1969) propone atender a dos consideraciones: el grado y la frecuencia. “Así, por ejemplo, la madre que golpea o sostiene las manos del bebé para evitar que toque el alimento sería considerada intrusiva; la madre que regaña y advierte sin intervención física, sería considerada intrusiva en un grado más leve” (p. 7). Por otro lado, las madres que se encuentran al otro lado de esta dimensión tienden a guiar, más que controlar, la actividad del bebé y a proponer nuevas interacciones más que a imponer. Es decir, el cuidador tiende a responder ante el niño de tal manera que respeta su ritmo, mantiene su interés y lo promueve a través de la estimulación.

Disponibilidad física y psicológica frente a ignorancia y descuido

Se centra en la accesibilidad de la madre al bebé. No obstante, la autora pone énfasis en la capacidad de respuesta del cuidador, “aunque el componente esencial de la accesibilidad psicológica es que la madre sea consciente del bebé, ella no es verdaderamente accesible a menos que también le reconozca y le responda activamente” (p. 9). Esto, a pesar de dar lugar a cierta confusión con la dimensión de sensibilidad, denota el interés de la autora por manifestar la relación, e incluso dependencia, de las dos dimensiones. En el caso de la primera dimensión, expone la importancia de la accesibilidad y, en esta tercera, recuerda la importancia de dar una respuesta. No obstante, aporta un matiz a esto último: la calidad de la respuesta no importa en esta dimensión. Lo que importa es el hecho mismo de que haya una respuesta. Ainsworth (1969) trata de explicarlo con las siguientes palabras:

En primer lugar, hay madres que desconocen mucho del comportamiento del bebé; no perciben sus señales e intenciones comunicativas y, por lo tanto, no pueden responder a ellas. En segundo lugar, hay madres que perciben las señales del bebé lo suficientemente bien, pero no reconocen o responden a ellas y, por lo tanto, debe ser para el bebé tan inaccesible como si no hubieran sido conscientes. (p. 9)

Es decir, bien sea por una falta de reconocimiento de la señal, o porque se reconoce y finalmente no se emite una respuesta, el niño se queda sin percibir respuesta a su demanda; por lo que la madre resulta igualmente inaccesible, según Ainsworth (1969).

Una de las características fundamentales de esta dimensión tiene que ver con la conciencia que se tiene sobre el bebé. Se entiende que la madre atienda a otras personas o actividades, pero permanecerá accesible en la medida en que no pierda la conciencia del bebé (dónde está, qué hace, cómo está…). Por el contrario, una madre poco accesible es aquella que no tiene al bebé en su campo perceptivo, y también la madre que está demasiado preocupada por sus propios sentimientos o pensamientos como para percibirle. Así, esta dimensión contempla dos aspectos, la disponibilidad física y la disponibilidad psicológica.

Aceptación de las necesidades del niño frente a rechazo

Trata sobre el equilibrio que hace la madre entre los sentimientos positivos y negativos que le genera su bebé, asumiendo que todas las relaciones madre-hijo se componen de elementos de ambos tipos. La característica fundamental de esta dimensión no se centra tanto en que el cuidador sienta únicamente cosas positivas hacia el bebé, sino que sepa integrar sus sentimientos negativos dentro del contexto de una relación positiva.

Las madres en el polo de la aceptación son capaces de sentir, en algún momento, ira a o malestar. Sin embargo, son conscientes de que el bebé no es la persona en la que deben depositar dicho malestar, y no lo hacen. Por otro lado, las madres claramente rechazantes expresan sus sentimientos negativos de forma verbal y/o física. Pueden oponerse continuamente a los deseos del bebé de forma deliberada, pueden hablarle con desprecio, mostrar impaciencia crónica, mover al bebé bruscamente o, emplear, como forma menos obvia, la burla. Entre ambos extremos, la autora describe a las madres pseudo-aceptantes, que cumplen con las demandas del bebé, pero de una manera inapropiada. Estas madres, poseen defensas propias que les impiden expresar su ira hacia el bebé, pero que hacen que sean incapaces de ser verdaderamente sensibles, cubriendo sus necesidades de forma insatisfactoria.

En la Figura 1 se ofrece un mapa conceptual del concepto de cuidado materno según Ainsworth, a modo de síntesis.

Figura 1

Mapa conceptual elaborado a partir de las escalas de cuidado materno de Ainsworth (1969). Se marcan con líneas discontinuas los elementos que la propia autora relaciona cuando describe las dimensiones.

Los Problemas Terminológicos en el Estudio de la Respuesta Parental

Tras el desarrollo de las escalas de Cuidado Materno por Ainsworth (1969), se han diseñado muchas otras medidas de la respuesta parental (Halty y Berástegui, 2020; Mesman et al., 2013) y se ha estudiado su relación con el apego del niño (De Wolff y Van Ijzendoorn, 1997; Van Ijzendoorn, 1995).

Esta proliferación de estudios y de instrumentos implica el uso de diferentes términos para referirse a este conjunto de conductas significativas emitidas por el cuidador. Algunas etiquetas frecuentes incluyen el término responsividad, nombrando el constructo como responsividad materna, maternal responsiveness (Kochanska y Kim, 2013; McComish y Visger, 2009; Orta et al., 2013) o maternal responsivity (Popp y Wilcox, 2012; Sterling y Warren, 2014; Wade et al., 2015; Warren y Brady, 2007); y también como responsividad sensible, sensitive responsiveness (Lieberman, 1991; Tharner et al., 2012). Además de esta etiqueta, también se emplean a veces términos de mayor amplitud conceptual como por ejemplo comportamiento materno, maternal behavior (Pederson et al., 1990), o sistema de cuidados, caregiving system (George y Solomon, 2008). Por otro lado, es habitual encontrar la etiqueta sensibilidad materna maternal sensistivity, para referirse al constructo global y no a la dimensión del constructo (Belsky y Fearon, 2002; Bornstein et al., 2007; Chaimongkol y Flick, 2006).

Autores como Nievar y Becker (2008) han mostrado su preocupación en torno a esta dificultad terminológica, considerándolo uno de los problemas metodológicos más grandes de este campo. Hace más de dos décadas, algunos autores hacían referencia a alguna de estas dificultades: “Existen numerosas operativizaciones sobre la sensibilidad materna. Algunos la definen como una única característica, mientras otros lo conciben como un paraguas bajo el que se asocian diferentes aspectos de la parentalidad.” (Van de Boom, 1997, p. 592-593).

La amplia utilización y estudio de la dimensión de sensibilidad-insensibilidad es probable que pueda deberse a la importancia que le concedieron Ainsworth et al. (1978/2015) como característica primordial para la relación entre el cuidado materno y el vínculo de apego del niño. Algunos autores han respetado la condición dimensional del término sensibilidad en sus investigaciones, evaluando únicamente esa dimensión cuando dicen evaluar la sensibilidad (Bödeker, et al., 2019; Bornstein et al., 2007; Jin et al., 2012; Lohaus et al., 2004; Meins et al., 2001; Zeegers, et al., 2019). Por ejemplo, el metaanálisis de De Wolff y Van Ijzendoorn (1997) respeta el carácter dimensional de la sensibilidad diferenciándola de otras capacidades parentales en todos los artículos analizados. En esta misma línea, también existen autores que deciden elaborar nuevas medidas para evaluar el constructo amplio de la respuesta parental y mantienen la sensibilidad como una dimensión, por ejemplo, el instrumento EAS, Emotional Availability Scale (Robinson y Emde, 1993) o el Child-Parent Interaction Rating Scales for the Three-Bag Assessment (Brady-Smith et al., 1999).

Sin embargo, muchos otros autores han empleado el término sensibilidad para referirse a diferentes cosas. Shin et al. (2008) realizaron una revisión del concepto de sensibilidad a lo largo de la literatura e indicaron que ha sido empleado para referirse a diferentes aspectos de la parentalidad como el afecto, el ritmo, la aceptación, la flexibilidad, la capacidad de darse cuenta, la negociación de conflictos, así como para referirse a constructos amplios como la responsividad o a la competencia parental. Esto ha dado lugar a dos confusiones muy comunes: entender la sensibilidad como el constructo global y no como una dimensión; y equiparar o emplear indistintamente la sensibilidad como constructo y como dimensión.

Además de las confusiones expuestas, existe un problema añadido cuando se busca traducir los términos del inglés al castellano. Por ejemplo, el término responsiveness es traducido por el traductor de Google como “sensibilidad”, lo cual ayuda a la confusión terminológica.

La Sensibilidad como Constructo Global

A lo largo de la literatura, son muchos los autores que han utilizado el término sensibilidad para referirse a todo el conjunto de conductas maternas que son significativas para la creación del vínculo de apego del niño. Un ejemplo bastante común es considerar las escalas de Ainsworth en su conjunto, como una medida de la sensibilidad parental (Atkinson et al., 2005; Tharner et al., 2012).

Pederson et al. (1990), creadores del instrumento MBQ-S (Maternal Behavior Questionnaire Set), hablan de las cuatro dimensiones de Ainsworth (1969) como un conjunto de escalas que miden el constructo de sensibilidad materna. Es decir, entienden la sensibilidad materna como el conjunto global de conductas maternas de cuidado y comparan las escalas de Ainsworth con su instrumento MBQ-S (Pederson et al., 1990), indicando que ambos miden sensibilidad materna. Este instrumento, además, es uno de los más utilizados para medir el comportamiento materno, lo que probablemente haya contribuido a la confusión de la sensibilidad con un sinónimo del comportamiento materno global. Por ejemplo, autores como Atkinson et al. (2005), Whipple et al. (2011) o Tsotsi et al. (2018) emplean el MBQ-S en sus investigaciones y afirman medir la “sensibilidad materna”.

Esta confusión de denominar sensibilidad materna al constructo amplio de la respuesta parental se observa con claridad en la elección de los instrumentos de evaluación que hacen los autores. Ward y Carlson (1995) evalúan la sensibilidad empleando el Child-Adult Experimental Index (Crittenden en 1983, citado en Ward y Carlson, 1995) y, sin embargo, la autora comprende la sensibilidad como una dimensión de las tres que mide el instrumento: sensibilidad, control/intrusividad y no responsividad [sensitivity, control/intrusiveness, unresponsiveness]. Otro ejemplo más reciente es el estudio de Behrens et al. (2012). Estos autores, al estudiar la estabilidad de la variable sensibilidad a lo largo del tiempo emplean un instrumento distinto en cada uno de los momentos del estudio longitudinal: el Maternal Behavior Questionaire Set (Pederson et al., 1990), y una medida elaborada por ellos mismos para la investigación y que denominan “Sensibilidad Materna basada en la Contingencia” (Contingency-based Maternal Sensitivity). Este instrumento mide respuestas positivas de las madres y acordes a los intereses y necesidades del niño; incluyendo ofrecimiento de confort, reducción de la estimulación, estimulación verbal y refuerzo contingente, entre otras (Behrens et al., 2012). Es decir, parece que ambas medidas contemplan comportamientos maternos más allá de la dimensión original de sensibilidad. De nuevo, se está entendiendo la sensibilidad como un constructo amplio de la parentalidad.

Por otro lado, Mills-Koonce et al. (2008) entienden la sensibilidad como constructo (y no como dimensión) porque incluyen en su medida de la sensibilidad materna [maternal sensitivity] comportamientos maternos como intrusividad, consideración positiva del niño, apoyo, respeto a la autonomía u hostilidad. Del mismo modo, Stevenson-Hinde et al. (2013) crean una medida de la sensibilidad específicamente para su estudio y afirman que ésta se compone de las siguientes dimensiones: sensibilidad, engranaje, disfrute y amabilidad. Como puede apreciarse, la etiqueta sensibilidad es utilizada para nombrar el constructo global a pesar de ser concebida también como dimensión.

Confusión entre el Conjunto de Comportamientos Maternos y la Dimensión de Sensibilidad

En otras ocasiones, las investigaciones presentan una confusión entre estas dos formas de entender la sensibilidad: como dimensión y como constructo global.

Un claro ejemplo de esta confusión es el trabajo de Stiles (2004) cuyo objetivo es comparar dos medidas de la sensibilidad [sensitivity]. Está refiriéndose, por un lado, a la dimensión de sensibilidad de Ainsworth (1969), y, por otro, al Maternal Behavior Questionaire Set (Pederson et al., 1990) que, como ya hemos comentado, denomina sensibilidad al constructo global. Así, en el estudio de Stiles (2004) se están equiparando instrumentos que miden niveles conceptuales distintos.

Lo mismo ocurre con la investigación de Chaimongkol y Flick (2006), quienes realizan una validación de los instrumentos MBQ-S y HOME (Bradley y Caldwell, 1984, 1992), afirmando que ambos miden sensibilidad [sensitivity]. En su artículo, se aprecia cierta confusión entre la definición del término y el constructo que se quiere medir. Definen la sensibilidad en términos dimensionales, es decir, como la capacidad de darse cuenta de las señales y responder adecuada y prontamente a ellas, pero después, emplean instrumentos que miden el conjunto global de conductas parentales significativas para la formación del vínculo de apego. Lo mismo ocurre en la investigación de Wolfers et al. (2020) que definen la sensibilidad materna como una dimensión, pero emplean el instrumento Mini MBQ-S que evalúa el constructo global.

Por tanto, la misma palabra en el mismo estudio está atendiendo a niveles distintos. En unas ocasiones se refieren al constructo de comportamiento materno y, en otros, únicamente a la dimensión de sensibilidad. Esta diferencia, si no se expresa claramente, puede dar lugar a que otros autores confundan las etiquetas y sus significados. Así ha ocurrido que, a lo largo de la literatura, se han realizado múltiples investigaciones que han cambiado las etiquetas, que han adaptado las medidas de la variable, que han estudiado parcialmente el constructo o que han modificado el significado de este. Una vez descritas las confusiones y ambigüedades en el uso de la etiqueta sensibilidad, y de lo que se entiende por ella, debe quedar claro que Ainsworth trató de describir los comportamientos maternos que resultaban significativos para la formación del apego del niño, entre los cuales la sensibilidad ocupaba un lugar destacado, pero no único. Identificar cuidado materno o responsividad con sensibilidad ha llevado muchas veces al olvido en la evaluación, la investigación y la intervención de dimensiones clave de la respuesta parental como son la disponibilidad, la cooperación y la adaptación.

Nuevos Factores Asociados al Sistema Parental de Cuidados

Los estudios posteriores a Ainsworth (1969), que han trabajado con la conducta materna en su sentido más amplio, han ido encontrando nuevos componentes significativos para la formación del estilo de apego del niño. A continuación, se describen aquellos que han mostrado su relación empíricamente.

Contacto Físico, Mutualidad y Sincronía

Wolff y Van Ijzendoorn (1997) en su metaanálisis sobre más de 60 estudios concluyeron que 8 conductas maternas se encuentran significativamente asociadas al apego del niño. Estas conductas son la sensibilidad, la cooperación, el soporte, la estimulación, la actitud positiva, el contacto físico, las conductas de seguimiento y la sincronía. Las dos primeras conductas coinciden con las dos primeras dimensiones de Ainsworth, y el soporte y la estimulación son conductas que se encontrarían dentro de la descripción de su dimensión de cooperación. Asimismo, la actitud positiva formaría parte de su dimensión de aceptación. Las tres variables restantes, el contacto físico, la mutualidad y la sincronía, si bien podrían relacionarse con aspectos ya descritos en las dimensiones de Ainsworth, aportan de matices que la autora no recoge o, al menos, no describe con suficiente nivel de importancia en la presentación de sus dimensiones.

El contacto físico, es una variable que contiene tanto la cantidad como la calidad del contacto físico (tocar, acariciar o coger al niño en brazos), siempre y cuando no interrumpa la actividad del niño (que implicaría intrusividad) (Wolff y Van Ijzendoorn, 1997). Esta variable, a pesar de haber mostrado su importancia en la relación padres-hijos, sigue sin estar suficientemente operacionalizada y medida en el contexto de sus interacciones (Botero et al., 2019).

La variable mutualidad, se refiere a las conductas de seguimiento del cuidador hacia el niño. Kiser et al. (1986, citado por Wolf y Van Ijzendoorn, 1997) la definen como:

el número de intercambios positivos donde, tanto la madre como el niño, atienden a la misma cosa, así como las habilidades maternas para modular la excitación del bebé, su capacidad de entretenimiento y su capacidad de respuesta a las señales del bebé. (p. 574)

Esta definición, incluye aspectos como la capacidad de modular la activación del niño, la capacidad de estimular o la contingencia, que ya están contempladas en otras partes del constructo de Ainsworth (1969). Sin embargo, se considera que las conductas de seguimiento aportan un nuevo matiz no destacado con claridad en el constructo de Ainsworth (1969).

Por último, incluyen la dimensión de sincronía que describen como “la medida en que la interacción parece ser recíproca y mutuamente gratificante” (Isabella et al., 1989, p. 13,). Asimismo, especifican que, los momentos asincrónicos serían “aquellos considerados como reflejos de intercambios conductuales unilaterales, indiferentes o intrusivos” (Isabella y Belsky 1991, p. 367). Este concepto de sincronía, se considera un matiz nuevo porque describe la capacidad del cuidador para estar en armonía con las necesidades del niño. Es decir, sería un componente de la sensibilidad que se considera importante etiquetar, evaluar y promover.

Reparación

El concepto sincronía, se encuentra muy relacionado con el concepto de reparación descrito por Siegel (2001). Este autor, afirma que la reparación es la acción que permite reestablecer una conexión sintonizada con el niño cuando se ha producido una ruptura o desconexión. Las rupturas o momentos de asincronía son inevitables; la díada se encuentra en continuo reajuste, y es, precisamente esta reparación, lo que permite a la díada volver a sintonizar. Siegel (2001) afirma que la reparación es muy importante porque le enseña al niño que, frente a los inevitables momentos de malentendido y confusión que se va a encontrar a lo largo de su vida, la reconciliación y la reconexión son posibles. Es decir, esta cualidad de la interacción le proporciona al niño la capacidad de prever que, tras la ruptura, la reconciliación es posible. Asimismo, los pequeños momentos de asincronía, permiten al niño establecer diferencias entre sí mismo y el otro. Sin embargo, periodos largos de desconexión, donde el cuidador no repara, pueden tener efectos negativos sobre el vínculo de apego, sobre todo si se combinan con hostilidad y/o humillación (Siegel, 2001).

Comunicación y expresión emocional

Otra de las conductas parentales que se ha estudiado es la comunicación y expresión emocional con el niño, que en ocasiones se ha analizado bajo el término comunicación emocional y otras como función narrativa o narración emocional. Ontai y Thomson (2002) afirman que la comunicación abierta y la expresión y acompañamiento emocional del cuidador están relacionadas con la seguridad en el apego del niño. Es decir, cuanto mayor es la comunicación emocional, mayor seguridad presentan los niños en el apego. Por el contrario, cuanto menos se expresan las emociones y más impersonal es el discurso del cuidador, más inseguras son las relaciones que establece el niño con su figura de referencia (Finger, y Oppenheim, 2000).

Por otro lado, Laible y Thompson (1998, citado por Ontai y Thompson, 2002) descubrieron que los niños seguros de 2 a 6 años comprendían mejor las emociones negativas que los niños inseguros. En esta misma línea, Steele et al. (1999) encontraron que la seguridad en el apego, medida al año de vida, era una variable predictora de la comprensión adecuada de las emociones complejas a los 6 años.

Bretherton (1990; citado por Ontai y Thomson, 2002) considera que la expresión de los estados emocionales permite al niño elaborar de forma más compleja y enriquecida los modelos operativos internos. Estos se definen como un conjunto de reglas conscientes e inconscientes que organizan la información relevante que se obtiene a partir del vínculo de apego y que influyen, no sólo en las emociones y el comportamiento posterior, sino también en la atención, la memoria y la cognición (Main, Kaplan y Cassidy en 1985, citado por Beebe et al. 2010). Por ello, la capacidad parental para poner palabras al mundo interno del niño le ayuda a discernir mejor las emociones propias y ajenas, a elaborar unos modelos operativos internos más sanos y enriquecidos y, con ello, un patrón de apego más seguro.

Algunos autores hacen hincapié en que esta función de comunicación y expresión emocional no sólo es verbal, sino que el cuidador tiene que ser capaz de mantenerse cerca y conectado al niño, tanto en las emociones positivas como en las negativas. Siegel (2001) afirma que, de esta manera, el cuidador está ofreciendo un sentido y un consuelo a través de la narrativa; y el acompañamiento emocional está funcionando como regulador de las emociones del niño. Este diálogo afectivo a través del cual el adulto regula al niño y le permite comprender el mundo emocional, es lo que posteriormente le permite al niño regularse solo (Dallaire y Weinraub, 2005). Podría decirse, por tanto, que la comunicación y regulación emocional del adulto; la hetero-regulación; es el camino que le permite al niño llegar a la auto-regulación.

Siegel (2001) afirma que esta función narrativa sobre la experiencia interna del niño incluye, además de emociones, otros elementos como pensamientos, intenciones, recuerdos, ideas, creencias o actitudes. De esta manera, el cuidador ayuda a elaborar la experiencia subjetiva del niño. Es decir, le ayuda al niño a elaborar tanto la representación de su propia mente como la de otros.

Esta capacidad de narrar la experiencia y de mantenerse próximo al niño frente a las emociones tanto positivas como negativas, proporcionará al niño una expectativa de disponibilidad y de sensibilidad por parte del cuidador. A su vez, y según Siegel (2001), esto ayudará al niño a establecer en sus modelos operativos internos una buena imagen de sí mismo y de su entorno, favoreciendo así la creación de un vínculo de apego seguro. Por el contrario, cuando la función narrativa no está presente o es incoherente, podría esperarse una representación más pobre o confusa de uno mismo y de los demás, una peor capacidad del niño para dar sentido a lo que le ocurre, y una mayor dificultad para reconocer el mundo emocional, propio y ajeno, que tenderían a generar vínculos de apego inseguros.

Comportamientos atemorizantes para el niño

La agresión parental, en sus diversas formas, es uno de los comportamientos que más se ha estudiado en relación con la calidad del vínculo de apego del niño. Ainsworth (1969) ya dejaba entrever la importancia de la agresión en su dimensión de aceptación-rechazo, mencionando las dificultades que generan tanto la agresión directa como la hostilidad, o la burla. Estudios posteriores como el de Carlson et al. (1989) encontraron que el 82% de los niños que sufrían maltrato acababan desarrollando apego desorganizado, mientras que entre los que no sufrían maltrato, aunque tenían otras dificultades, menos de un 20% desarrollaba este tipo de apego.

La agresión parental que convierte a la fuente de seguridad en una amenaza no es la única vía que genera dificultades vinculares. De la observación de díadas con relaciones de riesgo se han extraído una serie de comportamientos parentales que resultan atemorizantes y desorganizadores de la experiencia afectiva del niño y de su apego y han podido trasladarse a instrumentos de evaluación.

Lyons-Ruth, Bronfman y Parsons (1999) desarrollaron un sistema de codificación para evaluar la comunicación afectiva anómala o confusa. Este instrumento llamado AMBIANCE, se compone de cinco dimensiones:

  • Comportamiento negativo-intrusivo. Por ejemplo, burlarse del niño.
  • Confusión de rol. Por ejemplo, buscar el consuelo propio en el bebé, en el momento de la reunión.
  • Retirada. Por ejemplo, interacción silenciosa con el bebé.
  • Errores de comunicación afectiva. Es decir, respuestas contradictorias o no respuestas, a las señales claras del niño. Por ejemplo, invitaciones verbales para que el bebé se acerque, seguidas de distanciamiento físico.
  • Desorientación. Por ejemplo, cambios inusuales en el tono y la entonación de la voz, al interactuar con el niño.

Este instrumento se diseñó específicamente para detectar el comportamiento anómalo que se producía en familias de alto riesgo, pudiendo discriminar diferentes niveles de hostilidad (Lyons-Ruth et al., 2013). Varias investigaciones, han demostrado que cuanto más anómala es la comunicación afectiva, mayor desorganización aparece en el apego del niño (Cooke et al., 2020).

Lyons-Ruth y Jacobvitz (2008) sugieren que los diálogos incoherentes o contradictorios generan modelos internos contradictorios, ya que la experiencia subjetiva no es reconocida adecuadamente (bien por ignorancia o mala interpretación), y resulta muy difícil de integrar. Cuando el bebé está manifestando malestar y recibe por parte de su figura de referencia caras de afecto positivo o sorpresa, el bebé puede sentirse contrariado e incomprendido porque no reconocen su angustia y, además, tratan de convertir sus afectos negativos en positivos (Beebe y Lachmann, 2014). Estas contradicciones sostenidas en el tiempo pueden generar una ausencia de recursos frente al malestar, generar vulnerabilidad frente al desarrollo de procesos disociativos en el niño (Liotti, 1992, citado por Beebe y Lachmann 2014) y vínculos de apego desorganizados (Lyons-Ruth y Jacobvitz, 2008).

Huang y Main (1999) también estudiaron algunas conductas parentales que resultan atemorizantes para los niños. Por ejemplo, se han observado entonaciones inusuales (catalogadas como embrujadas o escalofriantes) que asustan y desorganizan al niño de forma inmediata, y que no surgen en el contexto de ningún juego (Hesse y Main, 1999). Estos mismos autores exponen que algunos padres emiten conductas que simulan animales predadores (enseñan los dientes, gestos con las manos…) y que no aparecen en un contexto de juego; aparecen de repente, estando los padres serios, y desaparecen de la misma manera. Estas conductas, al igual que las anteriores, resultan atemorizantes para los niños (Hesse y Main, 2000).

Por otro lado, Hesse y Main (2000) describen conductas que reflejan inseguridad en el cuidador: madres que verbalizan ideas catastróficas en el juego o que corporalmente se muestran inseguras, se ponen detrás del niño, no se acercan mucho, etc. En definitiva, madres que presentan una actitud corporal en la que parece que tienen delante de sí a un “animal potencialmente peligroso” (p. 1115). Estas conductas también son consideradas como agresiones atemorizantes.

La vivencia de un cuidador, tanto asustado como amenazante, provoca en el niño un gran conflicto, puesto que su fuente de seguridad es, a su vez, fuente de miedo o alarma (Lyons-Ruth y Jacobvitz, 2008). Por tanto, resulta tan desorganizador para el niño un cuidador que atemoriza y que es agresivo, como uno que está atemorizado y no es capaz de hacerse cargo del miedo del niño.

Hesse y Main (2006) elaboraron la escala FR (Frightened/Frightening) en la que recogían aspectos de estas dos direcciones: padres atemorizantes y atemorizados. Concretamente lo miden a través de las siguientes conductas:

  • Comportamiento amenazante inexplicable en origen y/o anómalo en forma: por ejemplo, en contextos no-visuales y en ausencia de metástasis de juego, “acecho” al bebé, exposición de dientes caninos, silbidos o gruñidos profundos.
  • Patrones de comportamiento asustados, inexplicables en el origen y/o anómalo en la forma: mirada asustada repentina, boca de miedo, poner en blanco los ojos, en ausencia de cambio ambiental. También miedo de retirarse del bebé o acercarse como si de un objeto potencialmente peligroso se tratase.
  • Conducta tímida o sumisa (por ejemplo, padre sumiso a la agresión infantil, manos dobladas, cabeza inclinada, mientras que el niño empieza a golpear o tirar del pelo, obviamente doloroso). También volviéndose al hijo como un refugio de seguridad cuando se alarma.
  • Comportamiento sexualizado hacia el niño: por ejemplo, besos profundos, caricias sexualizadas.
  • Comportamientos desorientados, relacionados con el apego infantil desorganizado descrito por Main y Solomon (1990): por ejemplo, movimientos mal ajustados, posturas anómalas, acercamiento hacia bebé evitando mirarle, quedarse inmóvil mientras el bebé está llorando.
  • Estado disociativo: por ejemplo, el padre de repente se congela completamente con los ojos inmóviles, párpado medio cerrado, a pesar del movimiento cercano. El padre se dirige al bebé en un tono alterado con voces y despedidas simultáneas.

El estado disociativo, en particular, es una conducta que se ha relacionado con la presencia de apegos desorganizados en el niño (Lyons-Ruth y Jacobvitz, 2008). La disociación es un estado que consiste en la paralización de todo movimiento, que se ve acompañada de inexpresividad en la cara, los ojos entreabiertos y sin parpadeo. En este estado el cuidador está ausente y no es capaz de percibir los movimientos y vocalizaciones del niño; por lo que resulta completamente inaccesible (Hesse y Main, 1999). Esta inaccesibilidad o carencia de respuesta frente al estímulo genera en los niños distrés y resulta muy confuso ya que no permite organizar la experiencia (Musser et al., 2012).

Por tanto, la presencia de comportamientos atemorizantes, como las amenazas, el comportamiento asustadizo, la confusión de rol, las respuestas contradictorias, el comportamiento sexualizado hacia el niño, el comportamiento desorganizado, la disociación y/o la agresión, parecen ser un motivo de alerta sobre el desarrollo del niño, concretamente de su estilo de apego. Madigan et al. (2006) realizaron un metaanálisis en el que tuvieron en cuenta tanto la comunicación afectiva anómala (medidas con el AMBIANCE), como las conductas anómalas (medidas con el FR) y encontraron que, en toda la literatura hasta ese momento (12 estudios, 851 familias), los niños cuyos padres mostraron algún tipo de comportamiento anómalo, presentaban 3,7 veces más probabilidades de mostrar apego desorganizado.

A la luz de lo descrito en este apartado, puede concluirse que son muchas las conductas parentales que influyen en la vinculación del niño. La Figura 2 recoge un mapa mental en el que se integran las nuevas conductas o dimensiones descritas en este apartado sobre las dimensiones de Ainsworth, ofreciendo una aproximación más completa al concepto de cuidado parental.

Figura 2

Componentes del constructo calidad de la responsividad parental. Las nuevas aportaciones quedan enmarcadas en recuadros con vértices redondeados y con color de fondo para diferenciarse de las aportadas por Ainsworth (1969). En esta figura se marcan con líneas discontinuas las relaciones entre conceptos que se han evidenciado en la descripción.

Conclusiones

Las escalas de cuidado materno desarrolladas por Ainsworth (1969) han generado más de 50 años de una investigación muy prolífica en torno a las capacidades parentales que influyen en la calidad de la vinculación que establece un niño con su figura o figuras de referencia. Sin embargo, el término empleado para referirse a esta agrupación de capacidades parentales significativas ha sido variable y confuso.

Concretamente, existe una gran confusión en el significado de la palabra sensibilidad materna. Este término ha tomado tantas formas distintas a lo largo de las décadas, que en la lectura de cada estudio resulta muy complicado delimitar a qué se está refiriendo el autor, sobre todo, si no se conocen las diferentes acepciones de la palabra a lo largo de la literatura, y los diferentes instrumentos asociados (en ocasiones erróneamente) a la medida de cada variable. Shin et al. (2008) consideran que el concepto de sensibilidad ha ido sufriendo una evolución. Sin embargo, atendiendo a la información expuesta a lo largo del artículo, más que una evolución parece ser una confusión conceptual ya que el significado del término varía en función de la investigación, independientemente de si es más reciente o antigua. La sensibilidad parece que no tiene un significado estable y concreto.

El término responsividad parece ser frecuentemente utilizado para referirse al conjunto de respuestas que emite el cuidador en el contexto de cuidado y, además, algunos autores que se han enfrentado al reto de elaborar un metaanálisis sobre esta variable han optado por agruparla bajo el término responsividad parental [parental responsiveness] (Van Ijzendoorn, 1995). Por ello, y a la luz de la revisión realizada se quiere defender el uso de la etiqueta calidad de la responsividad parental para referirse al constructo que aúna las conductas significativas del sistema de cuidados parental, para la formación del vínculo de apego del niño. El término responsividad hace referencia a la cualidad (sufijo -dad) de la respuesta y por ello se considera que refleja de forma amplia la manera en que el cuidador se hace cargo de las necesidades del niño. No obstante, como el término responsividad se ha empleado en ocasiones para referirse únicamente a aspectos relacionados con la frecuencia y latencia de la respuesta, se propone que se acompañe de la palabra calidad para hacer hincapié en la graduación del constructo y así englobar todos los aspectos que puedan modular la idoneidad o adecuación de este. Por último, se añade la palabra parental tal y como han hecho otros autores, para identificar la figura genérica que se hace cargo del niño. En esta palabra quieren quedar representadas tanto la madre, como el padre o cualquier adulto que se haga cargo de las necesidades del niño y sea una figura de apego para él. Muchas investigaciones, sobre todo las más antiguas, han manejado únicamente madres para evaluar todo lo referente al sistema de cuidados. No obstante, los padres varones también son figuras de cuidado que pueden ejercer como referentes del niño (Ainsworth, 1967; Belsky et al., 1984; Bretherton, 2010). A pesar de las dificultades terminológicas, los años de investigación en torno a estas capacidades parentales han dado lugar al enriquecimiento de su descripción y a la visibilidad de su relevancia en el desarrollo posterior del niño. Concretamente, las aportaciones relativas a los comportamientos que dañan el vínculo (como los comportamientos atemorizantes o el maltrato) han resultado especialmente importantes. Al igual que el constructo se ha enriquecido con las aportaciones de la investigación con muestras de poblaciones vulnerables, futuras investigaciones tendrán que matizar la validez transcultural del constructo con la incorporación de investigaciones comparadas (Mesman et al., 2018). La configuración sistémica y ecológica del vínculo de apego y, por tanto, de una respuesta parental de calidad, debe ser tenida en cuenta (Berástegui y Pitillas, 2021).

Las investigaciones que aborden el constructo de calidad de la responsividad parental o partes de éste deberían definir con mayor precisión sus variables, así como atender cuidadosamente a las definiciones ofrecidas por quienes diseñaron los instrumentos de medición que vayan a emplear para su evaluación. De esta manera, las nuevas aportaciones gozarán de un mayor rigor metodológico y permitirán una mayor claridad y precisión en la comprensión de sus aportaciones.

Desde el punto de vista del clínico, conocer las dificultades terminológicas asociadas a este constructo permite elegir mejor los instrumentos de evaluación de la conducta parental en la práctica diaria de la psicoterapia padres-hijos y comprender mejor los objetivos específicos de las distintas intervenciones centradas en el apego. Así mismo, este artículo ofrece una definición de la calidad de la responsibidad parental completa y actualizada que permite ampliar y profundizar en las dimensiones de la conducta parental sobre los que trabajar para fortalecer y reparar los vínculos de apego y cuáles son las estrategias más apropiadas para hacerlo (Pitillas et al., 2016).

Para citar este artículo

Halty, A. y Berástegui, A. (2021). ¿Cuidado Materno, Responsividad o Sensibilidad? Una Revisión del Constructo de Ainsworth hasta hoy. Clínica Contemporánea, 12(3), Artículo e21. https://doi.org/10.5093/cc2021a20

Referencias


Correspondencia

Para citar este artículo: Halty, A. y Berástegui, A. (2021). ¿Cuidado Materno, Responsividad o Sensibilidad? Una Revisión del Constructo de Ainsworth hasta hoy. Clínica Contemporánea, 12(3), Artículo e21. https://doi.org/10.5093/cc2021a20

La correspondencia sobre este artículo deberá ser enviada a Ana Berástegui. E-mail: a.berastegui@comillas.edu