Último Número 2 Vol. 13 2022


Actualidad: Reseña sobre película
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Reseña sobre la película “Drive my car” (2021) de Ryûsuke Hamaguchi

Iñaki Bolaños

Universidad Complutense de Madrid


Páginas Artículo e15

DOI https://doi.org/10.5093/cc2022a13

PDF 1989_9912_cc_13_2_e15.pdf

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Contenido

FICHA TÉCNICA

  • Título original: Doraibu mai kâaka
  • Año: 2021
  • Duración: 179 min.
  • País: Japón
  • Dirección: Ryûsuke Hamaguchi
  • Guion: Ryûsuke Hamaguchi, Takamasa Oe. Historia: Haruki Murakami
  • Música: Eiko Ishibashi
  • Fotografía: Hidetoshi Shinomiya
  • Reparto: Hidetoshi Nishijima, Tôko Miura, Reika Kirishima, Sonia Yuan, Satoko Abe, Masaki Okada, Perry Dizon, Ahn Hwitae

SINOPSIS

Él podría ser el padre que ella nunca tuvo. Ella podría ser la hija que él perdió. Ambos están solos e intentan sobrevivir a sus pérdidas (“los que sobreviven siempre piensan en los que han muerto”). Ella conduce el coche de él y él siente que ella se cuela en su vida. Recuerda una historia que le contó su pareja fallecida: una chica entra reiteradamente en una casa extraña y, cada vez que lo hace, se lleva algo y también deja algo suyo. Los actores lo hacen cuando entran y salen de las vidas de sus personajes. Él es actor. Lleva 25 años fingiendo ser alguien que no es, en el teatro y en la vida (que para él son lo mismo). Ahora representa (y dirige) El tío Vania, de Chéjov, una historia sobre la resignación como forma de vida.

Ella conduce los coches de otros. Aprendió a conducir muy bien desde niña para evitar el maltrato de su madre. Es el mejor legado que conserva de ella. Él vive la vida de otros en los personajes de Chéjov (“al recitar sus textos sale nuestro verdadero yo”). Juntos han iniciado un viaje alrededor de sus vidas. En sus trayectos por Hiroshima, los paisajes nos resultan familiares. Los hemos visualizado en las novelas de Murakami. Su imaginario está muy presente en toda la historia y en los diferentes relatos que la conforman. El director y guionista, Hamaguchi, no solo se basa en Hombres sin mujeres. También recrea sus escenas con guiños que remiten a otros momentos creativos del escritor. Son narraciones plagadas de cicatrices imborrables, de culpas que intentan redimirse al ser contadas. La escucha permite el reconocimiento, abre la puerta a la aceptación al completo de las personas a las que no ha sido posible odiar, pero tampoco amar plenamente. La infidelidad o el maltrato cobran nuevos sentidos cuando se relatan al otro y las emociones escondidas adquieren la posibilidad de una revisión sobre la propia vida.

La historia de él está marcada por el fallecimiento reciente de su mujer. Ambos habían perdido hace años a su única hija. Juntos trataron de elaborar un duelo que nunca iba a poder resolverse suficientemente. En medio, una relación de pareja cargada de secretos dolorosos que él finge desconocer y de historias construidas en común que inevitablemente remiten al desconsuelo no reconocido (una joven allanadora, una mujer que fue lamprea en otra vida) y que, como más tarde descubrirá, no eran compartidas únicamente por ellos dos.

La historia de ella es una huida sin rumbo fijo (“cuando murió mi madre conduje hasta quedarme sin gasolina y ahí me quedé”). La relación de amor odio con su madre se comprende sobre la base de atribuirle dos personalidades: la madre que maltrata y la madre niña con la que jugar. Las dos mueren al mismo tiempo y ella siente que al dejar morir a una acabó con la vida de ambas.

Ni ella mató a su madre ni él a su mujer. Pero los dos se sienten culpables.

Es a través de la obra de Chéjov que se conectan sus historias. Los dos se cuelan en la vida del otro dejando algo suyo al salir. Y lo que dejan es reparador. Los ensayos de El tío Vania permiten reescribir partes de sus vidas que permanecían ocultas y abren las puertas para la redención final, una maravillosa escena sobre la nieve que cubre los peores recuerdos y donde él (Kafuku) y ella (Misaki) deciden, como lo hace Vania, que a pesar de todo deben seguir viviendo.